Un entarimado viejo se mueve. No es un defecto de fabricación ni una señal de que algo vaya mal: es la respuesta natural de un material que sigue vivo. La madera recuperada conserva su higroscopicidad, así que absorbe y cede humedad según lo que ocurra en la estancia, y eso se nota en la anchura de los tablones, en las juntas que se abren en invierno y se cierran en verano, y en los crujidos que aparecen y desaparecen sin que nadie los toque.
Antes de colocar un lote conviene medir su humedad. Es uno de los dos datos que más ayudan a que el suelo se mantenga estable a lo largo del año. El otro es la humedad relativa de la casa: si la estancia se mantiene en un rango razonable, la madera trabaja poco; si pasa de un ambiente muy seco a uno muy húmedo en pocas semanas, las juntas lo acusan enseguida.
Una junta abierta no siempre indica un problema real. En un piso señorial con calefacción fuerte en enero, ver separaciones finas entre tablones es lo esperable. La cosa cambia cuando la junta se abre de golpe, cuando aparece acompañada de tablones que se levantan o cuando el hueco supera lo que el propio material admite como movimiento estacional. Ahí sí toca revisar ventilación, calefacción y humedad del ambiente antes de pensar en reparar nada.
En casas de pueblo y locales con encanto, la ventilación cruzada y una humidificación moderada en invierno suelen bastar. Forzar la madera a quedarse quieta —encolándola, atornillándola o sellándola con productos rígidos— sale caro: la tensión se acumula y acaba apareciendo por donde menos conviene. Acompañar el movimiento es más barato y más honesto con el material.